Jorge Forero Monedas virtuales y crisis orgánica del sistema del capital


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Foto: vivus.es
El surgimiento de monedas virtuales, se produce en el marco de profundas e intensas convulsiones en el sistema-mundo. En la presente reflexión se analizarán dichas convulsiones, entendidas como expresiones concretas de la crisis orgánica del sistema del capital, como dimensiones de esas crisis y como factores desencadenantes de la ruptura del sistema financiero internacional vigente en la actualidad, así como de la transición –desigual y multilineal- de un nuevo orden económico global.

Cabe subrayar que cada factor es indisoluble de la totalidad en virtud de las relaciones de interdependencia existentes entre los mismos, por tal motivo, su división en elementos discriminados se realiza con fines analíticos, pues se comprende que no son elementos aislados, sino que responden a la lógica estructural del sistema del capital.

A continuación se enumeran y se caracterizan de manera breve los factores que se consideran esenciales en el presente análisis para el desarrollo de monedas virtuales en el mercado mundial:

1. Financierización de la economía:

La inestabilidad del sistema financiero global –explícita y acentuada ante la gran recesión económica dada entre finales de 2017 y principios de 2018-, es la variable fundamental para concebir la existencia en la actualidad de las denominadas monedas virtuales.

La incertidumbre ante procesos especulativos, así como el deterioro sistemático de la confianza en las grandes corporaciones bancarias, determinaron la necesidad de crear nuevas formas de intercambio y de reserva de valor, ajenas al espectro del sistema monetario dominado por el dólar y por ende, con autonomía respecto a las imposiciones del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Reserva Federal de los Estados Unidos.

La gran recesión económica referida anteriormente, precipitada por el colapso de los mercados hipotecarios –la denominada burbuja inmobiliaria- entre finales de 2007 y principios de 2008, puso en evidencia el signo especulativo e inestable del sistema financiero internacional y significó una mutación de la arquitectura de las finanzas globales ante la quiebra de poderosas corporaciones bancarias de los Estados Unidos y de la Unión Europea.

La fractura de dichas corporaciones motivó la intervención de los Estados nacionales metropolitanos (en particular los de Occidente), a través de la ejecución de rescates financieros –con la inversión de sumas astronómicas- para evitar el colapso económico del sistema. Tal situación además de develar los mitos neoliberales –respecto a la capacidad de autorregulación de los mercados- demostró la vulnerabilidad del sistema financiero, el cual durante las últimas cuatro décadas, se sostuvo mediante procesos de especulación y de creación de valor artificial, sobre la base del endeudamiento hasta niveles insostenibles.

Pero el estallido de la burbuja inmobiliaria y la prolongación de sus efectos hasta la actualidad, constituye apenas un síntoma de la crisis orgánica del sistema del capital, en la medida en que se manifiesta como una continuidad de la crisis de 1971, la cual determinó la ruptura de los acuerdos de Bretton Woods y significó la imposición de un nuevo orden económico-financiero global, signado por la financierización de la economía mundial, sobre la base del endeudamiento a escalas astronómicas mediante la emisión de hipotecas sobre hipotecas, bonos de deuda y dinero inorgánico, lo que derivó en el ascenso vertiginoso de procesos de acumulación de capital ficticio.

El economista argentino Jorge Beinstein (2016) ha caracterizado ese fenómeno como una distorsión orgánica del sistema, en la medida en que el capital financiero y sus derivados especulativos superaron y reprodujeron el volumen de la producción global de bienes y servicios (hasta en once veces en el año 2008), con lo cual se crearon las condiciones para el derrumbe de ese orden económico, dichas condiciones determinaron que en 2014 se produjera el desinfle de los productos derivados financieros como mecanismo para la reproducción ampliada de capital.

Ese desinfle financiero representó la desaparición de 220 billones de dólares americanos del mercado de valores, entre diciembre de 2013 y diciembre de 2015, con lo cual se socializaron las pérdidas a gran escala, se acentuaron los síntomas de fragilidad e inestabilidad de la arquitectura financiera y se profundizaron las alertas ante una posible implosión de la economía global.

El descenso vertiginoso de la economía mundial ha afectado indicadores sustantivos, cuya contracción demuestra que el orden vigente –instaurado desde el final de la II Guerra Mundial-, está al borde del colapso, el desplome del Producto Bruto Global (PBG), la contracción absoluta y relativa de las exportaciones y por ende del mercado mundial (CEPAL, 2015). La crisis no se puede comprender, sin valorar el impacto de la caída tendencial de la tasa de ganancia (fenómeno advertido por Marx en el III Tomo de El Capital), pues el déficit de plusvalía es el origen de las convulsiones más profundas del sistema.

Sin embargo y en coherencia con la lógica de relaciones del sistema del capital, la contracción económica no ha afectado la esencia de reproducción de desigualdades inherente al metabolismo del sistema capitalista. Los procesos de acumulación de renta de las grandes corporaciones globales se han tornado más voraces, sobre la base de la intervención sobre el valor del capital variable, es decir sobre el valor de la fuerza de trabajo y las materias primas.

En sintonía con las tendencias advertidas por Lenin en 1916 (en su obra El imperialismo fase superior del capitalismo), el imperialismo ha implantado un régimen en el cual se han profundizado la concentración de capitales, el intercambio desigual mediante una división internacional del trabajo cada vez más sólida y sofisticada, mediante la cual se reproduce la lógica estructural del capital de acumulación por desposesión (Harvey, 2007), así como la supresión de conquistas históricas del proletariado y demás clases subalternas, han intensificado la estructuración de monopolios y la concentración de capitales.

La burguesía mundial ha creado las condiciones, con base en la mundialización del neoliberalismo (a sangre y fuego en los casos en los que la coerción ha sido insuficiente), para que las economías periféricas y las clases sociales oprimidas produzcan la plusvalía que requiere el sistema para su reproducción. Sin embargo y precisamente por el carácter sistémico de las contradicciones que se desarrollan, el orden mundial actual es frágil y susceptible de cambios en su metabolismo para prevalecer (Mészáros, 2009).

Sin embargo, además de sus mecanismos de defensa –el sistema inmunológico para regular los flujos y reflujos de su metabolismo económico-, el capitalismo en su concreción actual se sostiene en lo que Jorge Beinstein (2016), denomina Hipertrofia Militar, entendida como dependencia exagerada del sistema de la industria de la guerra (para reavivar sus fuerzas productivas y mejorar las tasas de plusvalía mediante acciones de fuerza); y de las capacidades operativas-logísticas de la OTAN para imponer un control sobre la base de la coerción, el avasallamiento, la intimidación y la intervención directa y explícita en los procesos políticos que atentan contra la hegemonía del orden mundial dominante desde la caída del mundo bipolar de la guerra fría.

El contexto en el que surgen las monedas virtuales, signadas por la concentración de poder económico, político, cultural y militar por parte de la burguesía mundial, permiten inferir que las tensiones internas del sistema derivarán en una nueva arquitectura económico-financiera y en una nueva lógica de funcionamiento de los procesos de circulación, acumulación y reproducción del capital.

Por supuesto esos cambios no estarán exentos de contradicciones de clase. Además las condiciones estructurales que dominan el orden mundial, de desposesión para formaciones económico-sociales periféricas (reprimarizadas en sus economías) y la superexplotación de la fuerza de trabajo producirán nuevas tensiones sociales y pondrán sobre el tapete la necesidad y la posibilidad de llevar a cabo una transformación revolucionaria de la sociedad.

ii) Crisis de hegemonía:

La creación de nuevas estructuras e instrumentos financieros, estuvo determinada por condiciones histórico-sociales particulares, se trata del desarrollo de tensiones geopolíticas de alta escala que derivaron en una crisis de hegemonía sobre el sistema-mundo, mediante la cual, el complejo militar-industrial concentrado en los Estados Unidos de América ha perdido su dominio global.

El socavamiento de la hegemonía geopolítica norteamericana durante las últimas dos décadas, así como del dominio del Dólar Americano -en su versión post crisis de financierización reconocida como Petro-Dólar- en el sistema financiero internacional, son hechos sistémicos que representan variables fundamentales para comprender el surgimiento de las monedas digitales.

Sin la pérdida del dominio material y simbólico de los Estados Unidos sobre el espectro de las relaciones económicas globales, sería impensable el desarrollo de alternativas de medios de intercambio y reservas de valor autónomas del sistema financiero internacional vigente.

Las contradicciones dadas ante el vertiginoso ascenso de China como potencia en disputa por la hegemonía global, así como el crecimiento de su influencia en todas las regiones del mundo sobre la base de un sistema heterogéneo de alianzas, ha fracturado el orden mundial unipolar instaurado después del derrumbe del denominado bloque socialista a finales del siglo XX.

El avance sostenido de la estrategia de China de crear un Nuevo Sistema Monetario Internacional (Dierckxsens y Formento, 2017), cimentadas en alianzas regionales enmarcadas en una estrategia que combinó un proceso de acumulación de fuerzas y el control paulatino de posiciones clave del mercado internacional, ha cuestionado el dominio absoluto del petro-dólar, con lo cual ha resultado factible el desarrollo de monedas digitales.

iii) Revolución técnico-científica-informacional:

El dominio del capital financiero en el espectro económico mundial, derivó en la necesidad de potenciar los flujos de capital, mediante sistemas informáticos que permiten establecer circuitos con alta capacidad de almacenamiento y procesamiento de datos y con un funcionamiento que permite el uso de rangos de altas escalas en las operaciones financieras; así como el proceso de mundialización del sistema del capital –acentuado ante la caída de la Unión Soviética-, fueron los elementos que determinaron el desarrollo e instauración a escala planetaria de la denominada revolución técnico-científico-informacional, la cual ha producido una nueva racionalidad del espacio geográfico y nuevas funcionalidades para las corporaciones, los Estados nacionales (Santos, 2000).

Los sistemas informáticos, derivaron en cambios multidimensionales que alteraron de manera notable las relaciones sociales de producción durante los últimos 30 años, primordialmente sobre la base de la creación de nuevas formas –intangibles y de alta capacidad para el procesamiento de información- en factores de capital variable como la fuerza de trabajo y los métodos de estimación-certificación de materias primas; y en procesos sustantivos para la reproducción ampliada de capital, tales como el intercambio económico mediante canales virtuales, transacciones monetarias en grandes escalas, y el fortalecimiento de sectores como los servicios, la banca, los seguros, las sociedades de corretaje y bolsas de valores a través de sistemas informáticos.

El siglo XXI llegó con una nueva racionalidad, condicionada en gran medida por lo sistemas informáticos, los cuales facilitaron la interconexión de todas las formaciones económico-sociales del mundo, a una nueva lógica de mercado, en la cual han sido permeadas e incorporadas (especialmente en los centros urbanos) la totalidad de las relaciones sociales. Las transacciones electrónicas en la banca, los software contables para el procesamiento de ingentes movimientos financieros en tiempo real (tal y como sucede en las casas de bolsa), el pago de bienes y servicios mediante tarjetas de débito, crédito y a través de medios biológico-electrónicos, así como el desarrollo de inteligencia artificial para los complejos sistemas que controlan el sistema financiero, son expresiones de esa revolución.

Según Bonilla (2017), estamos en presencia de un cambio cualitativo y cuantitativo de enormes proporciones e implicaciones. El autor referido, en sintonía con lo vislumbrado por Milton Santos para este momento histórico, caracteriza el fenómeno como la transición hacia la Cuarta Revolución Industrial, con toda la carga material y simbólica que esto conlleva sobre las relaciones sociales, los modos de vida y la civilización humana.

Precisamente en esa transición –proceso y producto de la crisis orgánica del sistema del capital-, han surgido y se han desarrollado las monedas virtuales. Este tipo de instrumento financiero ha ganado terreno durante los últimos años, al punto que Estados metropolitanos (como Japón, Rusia, China, Gran Bretaña e incluso sectores muy influyentes de los EE.UU.); y periféricos (entre los que sobresale la propuesta de moneda virtual venezolana denominada el Petro), están creando las condiciones para instaurar monedas virtuales nacionales, con lo cual se configura un nuevo escenario y probablemente se generan condiciones para un sistema financiero internacional híbrido, cuyas tensiones y contradicciones tenderán a la estructuración de una nueva arquitectura en el sistema financiero global.

Perspectivas de las monedas virtuales

La existencia de contradicciones y de una crisis orgánica no significa necesariamente el colapso del régimen del capital. Lo que si se advierte en este contexto de incertidumbre, es una mutación del sistema que permita la estructuración de una nueva arquitectura para la apropiación de la plusvalía. En ese orden de ideas y en contradicción con las apologías a las monedas virtuales como instrumentos financieros autónomos respecto a las grandes corporaciones, las monedas virtuales se vislumbran como un instrumento para el desarrollo de nuevas formas de circulación, acumulación y reproducción de capital.

Los grandes bancos centrales del mundo de países metropolitanos, tienen en sus planes la implementación de este tipo de instrumento. En todo caso los cambios producidos por la implementación de las monedas virtuales en grandes escalas y en aparatos oficiales (lo que significa desplazar a las monedas fiduciarias y un nuevo sistema de banca adaptado a las nuevas condiciones), no serán estructurales, en la medida en que no atentan contra el régimen de producción y apropiación de riqueza , contra la división internacional del trabajo vigente, y sus procesos de acumulación de capital que le son inherentes, mucho menos contra la composición de las clases sociales o las relaciones sociales de producción.

De igual manera, las monedas virtuales en su lógica de funcionamiento actual, reproduce un conjunto de limitaciones que deben ser superadas para desplazar a las monedas fiduciarias (y que además contradicen las hipótesis que les postulan como instrumentos no capitalistas), entre las que se subrayan las siguientes:

  • Su metabolismo está condicionado por la especulación financiera.

  • Su movimiento está condicionado por el capital monopólico transnacional.

  • No presentan funciones esenciales de las monedas fiduciarias modernas, tales como: medida de valor; medio de intercambio; reserva de valor; medio de pago.

  • Existe la necesidad de aumentar la oferta y la velocidad de circulación, para responder a las demandas de un mercado en expansión.

  • Al igual que el sistema financiero actual, es vulnerable a operaciones de legitimación de capitales.

  • Se reproduce la tendencia a la concentración (el 95% de Bitcoin es propiedad de solo el 4% de los titulares. La mitad de la riqueza total en forma de Bitcoin pertenece a solo el 1% de todos los usuarios de Bitcoin).

No obstante, lo que si se avizora es el fortalecimiento y consolidación de la economía intangible, así como la instauración de un nuevo orden mundial, multipolar e inestable –una fractura del mundo unipolar dominado por los Estados Unidos-, un aumento de tensiones geopolíticas y un permanente reposicionamiento de fuerzas de los centros de poder con tendencia imperialista, aspecto que representa un riesgo latente el desarrollo de conflictos de intereses que pueden escalar desde la baja, la mediana, hasta alta intensidad entre las potencias nucleares del planeta.

El cambio sistémico de la sociedad –necesario ante la profundización de la injusticia y de las desigualdades, así como ante el colapso de nuestra civilización como efecto del cambio climático-, no se producirá por la implementación de un nuevo instrumento financiero, sino por la subversión de las relaciones sociales mediante una revolución social de escala global.

Referencias



  • CEPAL (2015): El nuevo estilo de desarrollo: la agenda 2030 para el desarrollo sostenible. CEPAL, Santiago.


  • Harvey, David (2007): El nuevo imperialismo. Akal, Madrid.

  • Lenin, Vladimir (2009): El imperialismo, fase superior del capitalismo. Ediciones en lenguas extranjeras, Pekín.

  • Mészáros, István (2009): La crisis estructural del capital. Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, Caracas.

  • Santos, Milton (2000): La naturaleza del espacio. Ariel, Madrid.


Jorge Forero
Investigador del Centro Internacional Miranda

Oscar Ugarteche, Armando Negrete EEUU contra la OMC y el orden multilateral

EEUU contra la OMC y el orden multilateral


Opinión
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Las reglas comerciales internacionales y las bases institucionales del mercado mundial se han visto sacudidas por la promoción proteccionista de la política “America First” de la segunda economía más importante (CIA Factbook dixit). Las declaraciones del presidente de EEUU sobre las acciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) contradicen el propósito general de la organización multilateral. La OMC ha sido el organismo multilateral encargado, desde 1995, de regular el comercio internacional a través del establecimiento de un marco normativo, no vinculante, y de mecanismos para solución de disputas comerciales entre sus miembros 164 miembros.

Desde la campaña presidencial, Donald Trump mencionó en varias ocasiones la posibilidad de que EEUU se saliera de la OMC, recordando el aislacionismo estadounidense de los años 20. Woodrow Wilson creó la Liga de las Naciones en 1919 y nunca se afilió formalmente porque los republicanos, liderados por Henry Cabot Losge, opinaron “que la Liga comprometería a los EEUU con una organización costosa que reduciría la capacidad de los EEUU para defender sus propios intereses”[1]. La idea permanece, de ahí la posición estadounidense contra Naciones Unidas y sus organizaciones afiliadas.

De acuerdo al análisis de sus ex-asesores Peter Navarro y Steve Bannon, y su actual representante comercial Robert. Lighthizer, la OMC ha permitido el abuso comercial de China hacia EEUU. No obstante que EEUU ha ganado el 90% de las controversias comerciales promovidas en su contra en los últimos veinte años.[2] Aun siendo el máximo inversionista extranjero del mundo y el actor más importante en temas económicos internacionales, EEUU sostiene una ridícula postura de víctima del mercado mundial en general, y de China y México en particular.

A mediados de enero de 2018, el presidente de EEUU anunció una imposición arancelaria del 20% para importaciones de lavadores y del 30% para importaciones de paneles solares. La decisión corresponde a una represalia directa contra las corporaciones coreanas, LG y Samsung Electronics; la china, Suniva; y la manufactura y exportación mexicanas. Aunque la medida, en realidad no es capaz de desestabilizar por sí sola a la economía mundial, viola las reglas comerciales de la OMC y el espíritu de libertad de comercio que EEUU ha promovido desde 1944, la política del libre mercado impuesta, en algunos casos, por el FMI y el BM, y las normas anti-dumping. Todo para favorecer a dos corporaciones americanas: Whirpool y SolarWorld Americas Inc.

Las consecuencias de esta decisión unilateral estadounidense pueden ser desastrosas. La señal económica que envía el mercado mundial expresa el proyecto de re-escribir las reglas comerciales de manera unilateral a favor de EEUU. ¡Imperialismo clásico! En la economía interna, la protección a las grandes corporaciones y los efectos macroeconómicos que genera, en lugar de reducir el déficit comercial y promover crecimiento económico, va a generar una subida de precios de los productos protegidos mientras quiebra a las pequeñas empresas estadounidenses en esa rama. Todo sumará la pérdida de empleos en las industrias eslabonadas, como por ejemplo de instalación de paneles solares. En el contexto internacional, el desdén de EEUU hacia la OMC y las instituciones multilaterales diseñadas para mantener el orden y la paz en el mercado mundial, podría dar el espacio a una guerra comercial arancelaria.

Contra la unilateral decisión estadounidense, China y Corea del Sur pueden denunciar a la OMC el aumento de los aranceles como prácticas injustas, medidas desleales de protección y dumping. México puede apelar normativamente a la medida por dos caminos: el Capítulo 19 del TLCAN, el cual regula las medidas arancelarias, y al sistema de solución de controversias de la OMC. No obstante, el respeto de los acuerdos multilaterales no parece ser de interés de EEUU y los mecanismos de resolución de controversias no serán, de este modo, vía multilateralismo.

El mensaje es claro: las normas de la OMC no puedan regular las relaciones comerciales globales si EEUU decide promover políticas proteccionistas contra el libre mercado. Ahí se fue a la basura toda la teoría del comercio internacional. Sobre esta lógica, se inaugura un escenario de conflictos comerciales que deforma la estructura y el rumbo del comercio internacional, en el cual las más afectadas serán las economías más pequeñas con menor desarrollo.

La política “America First” y el despotismo con que el gobierno americano enfrenta la política comercial y el orden multilateral global está en oposición abierta a la doctrina que EEUU mismo le impuso al mundo en la década de los noventa través de las reformas estructurales promovidas vía el Banco Mundial. Desde la formulación del GATT (1947) hasta la conformación de la OMC (1994), EEUU buscó promover la dinámica del mercado internacional y posicionarse como el rector de las reglas comerciales globales. Actualmente, la constante agresión a las instituciones multilaterales de EEUU conduce a una situación de creciente incertidumbre económica y tensión geopolítica. La instancia más importante para prevenir guerras comerciales globales es la OMC, sin ésta imperará la ley del más fuerte.

- Oscar Ugarteche, Coordinador Proyecto OBELA, Investigador titular del Instituto de Investigaciones Económicas, UNAM, SNI/CONACYT.
- Armando Negretel, Proyecto OBELA.

https://www.alainet.org/es/articulo/191054

Michael Roberts The underlying reasons for the Long Depression


February 14, 2018
There are two new mainstream papers out that offer some interesting analysis on the reasons behind the Long Depression that the major economies (or at least, the US) have suffered since the end of the Great Recession in 2009 – in the growth of real GDP, productivity, investment and employment.
First, there is a paper by economists at the San Francisco Federal Reserve.  The Disappointing Recovery in U.S. Output after 2009 by John Fernald, Robert E. Hall, James H. Stock, and Mark W. Watson.  They consider the well-known evidence that US real GDP growth has expanded only slowly since the recession trough in 2009, counter to normal expectations of a rapid cyclical recovery.  In the paper, they remove the “cyclical effects” of the Great Recession and find that there was already a sharply slowing trend in underlying growth before the global financial crash in 2008.  The Fed economists conclude that the slowing trend reflected two factors: slow growth of innovation and declining labour force participation.
Figure 1 shows business-sector output per person in recent decades. The green line shows that output per person fell sharply during the recession and remains below any reasonable linear trend line extending its pre-recession trajectory. The figure shows one such trend line (yellow line), based on a simple linear extrapolation from 2003 to 2007.

Figure 1
Output per capita: Deep recession plus a sharp slowing trend

The blue line in Figure 1 shows the resulting estimate of trend output per capita after removing the cyclical effects associated with the deep recession. As expected, the cyclical adjustment removes the sharp drop in actual output associated with the recession. But since then, the trajectory of the blue line is nowhere close to a straight line projection from the 2007 peak. Rather, cyclically adjusted output per person rose slowly after 2007 and then plateaued in recent years.
The Fed economists reckon that the slow growth has been due to a slowdown in the productivity of labour, which in turn has been caused by a reduction in investment in innovation and new technology.  In mainstream economics, this is measured by the residual of output per person left over after increases in employment (labor input) and means of production (capital input) are accounted for.  The residual is called total factor productivity (TFP), to designate the increased productivity per unit of total input.  TFP supposedly captures the productivity benefits from formal and informal research and development, improvements in management practices, reallocation of production toward high productivity firms, and other efficiency gains.
The Fed economists, using this factor accounting, find that TFP growth slowed significantly even before the Great Recession.  It picked up in the mid-1990s and slowed in the mid-2000s—before the recession—and then was flat or even falling going into the recession.

Figure 2
Pre-recession slowdown in quarterly TFP growth

The economists dismiss the arguments that it was the Great Recession that caused the productivity slowdown or that productivity growth from info tech is being mismeasured: “such mismeasurement has long been present and there’s no evidence it has worsened over time.” They also dismiss the idea common from right-wing neoclassical economists that “increased regulatory burdens have reduced the economy’s dynamism.”  They find no link between regulation changes and TFP growth.
The explanation they fall back on is the one presented by Robert J Gordon in many papers and books: that TFP growth is really just back to normal and what was abnormal was the burst in innovation in the 1990s with the hi-tech and dot.com boom.  That ended in 2000 and won’t be repeated.  “Every story in the late 1990s and early 2000s emphasized the transformative role of IT, often suggesting a sequence of one-off gains—reorganizing retailing, say. Plausibly, businesses plucked the low-hanging fruit; afterward, the exceptional growth rate came to an end.”
The other factor in the slowdown was the decline in employment growth of those of working age.  Yes, there is supposed to be near ‘full employment’ now in the US and the UK etc.  But participation in employment by working age adults has fallen sharply.  That’s because populations are getting older and the ‘baby boomers’ who started worked in the 1960s and 1970s are now retiring and not being replaced.

Figure 3
Sharp declines in labor force participation rate

What the Fed economists want to tell us is that the Long Depression is not just the leftover of the Great Recession but reflects some deep-seated underlying slowdown in the dynamism of the US economy that is not going to correct through the current small economic upturn.   The US economy is just growing more slowly over the long term.
What the Fed economists don’t explain is why the US economy has been slowing in productivity growth and innovation since 2000.  What is missing from the analysis is what drives the adoption of new techniques and labour-saving equipment.  Gordon and others just accept the current slowdown as a ‘return to normal’  from the exceptional 1990s.
What is missing is the driver of investment under capitalism: profitability. Marxian studies that concentrate on this aspect reveal that the profitability of US capital stock and new investment peaked around 1997 and then turned down.  It was this fall in profitability that eventually provoked the collapse in the dot.com bubble in 2000.  The subsequent recovery in profitability did not achieve anything better that 1997 and indeed profits growth was mainly confined to the financial sector and increasingly to a small sector of top companies.  Average profitability remained flat or even down and the growth in profit was mainly fictitious (‘capital gains’ from real estate, bond and stock markets) and fuelled by easy credit and low interest rates.  That house of cards collapsed in the Great Recession.
Profitability peaked in the late 1990s in the US (and elsewhere for that matter) because the counteracting factors to Marx’s law of the tendency of the rate of profit to fall (a rising rate of exploitation in the neoliberal period) and increased employment to boost total new value were no longer sufficient to overcome a rising organic composition of capital from the tech boom of the 1990s.
In contrast to this scenario, the Keynesians/post Keynesians have been pushing a different explanation for the fallback in productive investment since 2000 – it’s the growth of ‘monopoly power’.  There have been several studies arguing this in recent years.  Now a brand new paper by Keynesian economists at Brown University seeks to do the same. Gauti Eggertsson, Ella Getz Wold etc claim that the puzzle of the huge rise in profits for the top US companies alongside slowing investment in productive sectors can be explained by an increase in monopoly power and falling interest rates.
The Brown University economists argue that an increase in firms’ market power leads to an increase in monopoly rents; economic parlance for profits in excess of competitive market conditions-and thus an increase in the market value of stocks (which hold the rights to these rents). This leads to an increase in financial wealth and to what’s known as Tobin’s Q, the ratio of a firm’s financial value (market capitalization) to the value of its assets (book value).
With an increase in market power, the share of income consisting of pure rents increases, while the labour and capital shares both decrease. Finally, the greater monopoly power of firms leads them to restrict output. In restricting their output, firms decrease their investment in productive capital, even in spite of low interest rates.
Now I have dealt previously in detail with this argument that it is increased monopoly power that explains the gap between profits and investment in the US since 2000 or so.  It is really a modification of neoclassical theory.  Neoclassical theory argues that if there is perfect competition and free movement of capital, then there will be no profit at all; just interest on capital advanced and wages on labour’s productivity.  Profit can only be ‘rent’ caused by imperfections in markets.  The Brown professors, in effect, accept this theory.  They just consider that, currently, ‘monopoly power’ is distorting it.  This implies that if there was competition or monopolies were regulated’ all would be well.  That solution ignores the Marxist view that profits are not just ‘rents’ or ‘interest’ but surplus value from the exploitation of labour.
The Brown University professors reckon that average profitability was constant from 1980 onwards, so increased profits must have come from the gap between profitability and the fall in the cost of borrowing (interest rates). But actually, you can see from their graph that average profitability rose from about 10% in 1980 to a peak in the late 1990s of 14% – that’s a 40% rise and is entirely compatible with estimates by me and other Marxist economists.  Average profitability was then flat from 200 or so.
Indeed, average profitability fell in the non-financial productive sectors of the economy, which is probably the reason for the gap that developed between overall profitability including financial profits (which rocketed between 2002 and 2007) and net investment in productive sectors.  The jump in corporate profits (yes, mainly concentrated in the banks and big tech companies) was increasingly fictitious, based on rising stock and bond market prices and low interest rates.  The rise of fictitious capital and profits seems to be the key factor after the end of dot.com boom and bust in 2000.
As I showed in a previous post, these mainstream analyses use Tobin’s Q as the measure of accumulated profit to compare against investment.  But Tobin’s Q is the market value of a firm’s assets (typically measured by its equity price) divided by its accounting value or replacement costs.  This is really a measure of fictitious profits.  Given the credit-fuelled financial explosion of the 2000s, it is no wonder that net investment in productive assets looks lower when compared with Tobin Q profits.  This is not the right comparison.  Where the financial credit and stock market boom was much less, as in the Eurozone, profits and investment movements match.
It may well be right that, in the neo-liberal era, monopoly power of the new technology megalith companies drove up profit margins or markups.  The neo-liberal era saw a driving down of labour’s share through the ending of trade union power, deregulation and privatisation.  Also, labour’s share was held down by increased automation (and manufacturing employment plummeted) and by globalisation as industry and jobs shifted to so-called emerging economies with cheap labour.  And the rise of new technology companies that could dominate their markets and drive out competitors, increasing concentration of capital, is undoubtedly another factor.
But the recent fall back in profit share and the modest rise in labour share since 2014 also suggests that it is a fall in the overall profitability of US capital that is driving things rather than any change in monopoly ‘market power’.  Undoubtedly, much of the mega profits of the likes of Apple, Microsoft, Netflix, Amazon, Facebook are due to their control over patents, financial strength (cheap credit) and buying up potential competitors.  But the mainstream explanations go too far.  Technological innovations also explain the success of these big companies.
Moreover, by its very nature, capitalism, based on ‘many capitals’ in competition, cannot tolerate indefinitely any ‘eternal’ monopoly; a ‘permanent’ surplus profit deducted from the sum total of profits which is divided among the capitalist class as a whole.  The battle to increase profit and the share of the market means monopolies are continually under threat from new rivals, new technologies and international competitors.
The history of capitalism is one where the concentration and centralisation of capital increases, but competition continues to bring about the movement of surplus value between capitals (within a national economy and globally). The substitution of new products for old ones will in the long run reduce or eliminate monopoly advantage.  The monopolistic world of GE and the motor manufacturers in post-war US did not last once new technology bred new sectors for capital accumulation.  The world of Apple will not last forever.
‘Market power’ may have delivered ‘rental’ profits to some very large companies in the US over the last decade (and just that short period it seems), but Marx’s law of profitability still holds as the best explanation of the accumulation process.  Rents to the few are a deduction from the profits of the many. Monopolies redistribute profit to themselves in the form of ‘rent’, but do not create profit.
Profits are not the result of the degree of monopoly or rent seeking, as neo-classical and Keynesian/Kalecki theories argue, but the result of the exploitation of labour. The key to understanding the movement in productive investment remains in its underlying profitability, not the extraction of rents by a few market leaders.
The Long Depression is a product of low investment and low productivity growth, which in turn is a product of lower profitability of investment in productive sectors and a switch to unproductive financial speculation (and yes, partly a product of oligopolistic power boosting the big at the expense of the small).
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